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Un atípico hotel de carretera

 

Cociéndonos al sol en un inusual y tórrido octubre, tras kilómetros de largas e insustanciales carreteras, en la Mancha, en un lugar privilegiado por sus gentes extraordinarias y una ubicación privilegiada aparcamos en un atípico hotel de carretera.

Cruzamos el umbral y otro mundo se asoma. La hospitalidad fluye en su dimensión más extraordinaria. Nuestro amigo Luis nos recibe. Largo abrazo y primeras confidencias. Sonrisas y atenciones.

Subimos las escaleras y nos refrescamos en nuestra renovada y amplia habitación. Un wifi de primera, respondemos a las urgencias electrónicas y personales.

Sabedores de que lo urgente no es lo importante, raudos, nos disponemos a dejarnos llevar y a absorber la esencia del establecimiento.

Nos sentamos en la terraza y somos agasajados con queso suave manchego y una copa de vino tinto.  Nuestra aura empieza a crecer y los sentidos captan particularidades inusuales.

En un mismo entorno y a una mesa de distancia una Torre de Babel. Una duradera pareja de jubilados catalanes con raíces andaluzas en ruta, un grupo de amigos cazadores franceses amarrando a un can agotado, un comercial valenciano con el auricular en la oreja izquierda que se deja aconsejar en su elección culinaria. Una interracial pareja, medio japonesa medio gabacha. Amalgama inverosímil en otros lares, se dan cita en este inusual y atípico hotel de carretera día tras día, noche tras noche.

Con papeles y estadísticas, no nos olvidemos que estamos aquí para trabajar, empezamos una de esas conversaciones de las que salen ideas y planes de trabajo a medio y largo plazo.

El heredero de los pucheros, Javier, nos sorprende con una breve visita. Agotado está. Su tiempo discurre entre sus hobbies caninos, sus largas horas en la cocina familiar y su intensa formación por las mejores escuelas de gastronomía del país. Su mano ya empieza a notarse y al lado de la inefable Cesárea, la matriarca, la reina de la cocina tradicional manchega, la protectora de las esencias de antaño, la de las frases claras y concisas, consiguen meter a cualquiera en un estado de beneplacencia y paz espiritual.

El albergador, en conversación continua con Juan Vicente, el incansable, jocoso y amabilísimo camarero, que solo controla las mesas de la terraza, escogen las delicias gastronómicas entre la oferta de una carta bien seleccionada y equilibrada, mientras acabamos con la primera botella de Vino de la Tierra Castilla, un Secreto de Librato. Nos encanta su color picota subido, su complejidad en nariz y su redondez en boca. 

Los platos van llegando. Empezamos con un brioche de ternera desmenuzada con un adorno líquido de suave mostaza, seguimos con unas verduritas en tempura mojadas por un hilo de fina miel. El curioso pulpo con patatas llega a la mesa, una sorprendente evolución del típico plato gallego, presentado todo en tempura, con un pimentón manchego y una salsa de romesco que marca la diferencia.

Y antes de llegar al postre, una torrija de dimensiones estratosféricas sobre un manto de miel de caña, y tras abrir un Pago de la Jaraba, un caldo especial, por combinar frescor e intensidad, redondez y complejidad, nos llega el plato estrella, el que comería cada día de mi vida, el que me transporta a la cocina de la abuela, la olla de cordero con ajo. Una delicia que lleva a otro nivel al cordero manchego.

El relator pasó su estancia escuchando sus sentidos. En varios momentos los pelos de punta acontecieron y la salivación, días después, sigue ampliada al rememorar esas píldoras de placer que de forma clara y nítida veo en imágenes y a cámara lenta.

El Hotel y Restaurante Casa Lorenzo, además, es un atípico hotel de carretera, en Villarrobledo, en La Mancha. La letanía de los sentidos.

 

 

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